LA EXTRAORDINARIA VIDA DE EMILIO GOMEZ DÍAZ Y EL NAUFRAGIO DEL VAPOR BARACALDO

Copyright del Sr. Manuel Rodriguez Aguilar.
Por orden cronológico, el primer protagonista de este artículo era de carne y hueso. Vino al mundo un buen día del año 1879 en la capital de la todavía española isla de Cuba. Su nombre auténtico (estoy casi convencido) era Emilio Gómez Díaz. De isla a isla, aunque con el océano Atlántico de por medio, puesto que su niñez la pasaría en Londres, donde aprendió correctamente el idioma de Shakespeare. En 1893 viajó hasta España, para terminar afincándose durante su juventud en la “madre patria”, demostrando enseguida una extraordinaria precocidad en todo lo que hacía.
Ese mismo año se incorporaba a la flota española el vapor BARACALDO, el segundo protagonista, en este caso de acero y mecánico. El astillero británico William Gray & Company Ltd., de West Hartlepool (número de construcción 467), entregaba en el mes de septiembre de 1893 a Ramón de la Sota (Compañía del vapor BARACALDO) un nuevo mercante de 1.180,50 TRB, 743,47 TRN y 1.666,00 toneladas de Peso Muerto, con 71,3 metros de eslora, 9,9 de manga y 4,6 de puntal. Estaba propulsado por una máquina alternativa de triple expansión construida por Central Marine que desarrollaba 500 IHP, alimentada por el vapor de una caldera de carbón. La capacidad de lastre era de 350 toneladas y sus carboneras, con una capacidad de 268 toneladas del negro mineral, le proporcionaban una buena autonomía. Contaba con tres bodegas para recibir carga que tenían una capacidad máxima de 71.822 pies cúbicos (que aumentaba hasta 75.654 si transportaba grano).
Terminando el siglo XIX, mientras el vapor BARACALDO navegaba por los mares transportando sus cargamentos, Emilio, que por aquellos años mozos ya gozaba de una excelente presencia (“1,75 metros de altura, cuerpo delgado y esbelto, cara y nariz un poco largas, frente espaciosa, ojos claros, tez blanca tendiendo a rubia, viste con elegancia, tiene modales distinguidos, revela ingenio y cultura no comunes, suele usar lentes”, según una Orden general extraordinaria de la Dirección General de Seguridad), entró a trabajar como piloto de la Marina Mercante en la Compañía Trasatlántica y efectuó numerosos viajes al continente americano (donde dejaría su impronta) formando parte de las tripulaciones de los liners ALFONSO XIII y BUENOS AIRES. En uno de esos viajes se cruzó en su camino un muchacho inglés llamado William James, que era el hijo del Gobernador Militar de Gibraltar, con el que enseguida hizo buenas migas. A la llegada a puerto español William le presentó a su hermana, la encantadora miss “Queri”, que había acudido a recibirle al muelle, y de su belleza quedó tan prendado (realmente se trató de un flechazo mutuo) que prometió regresar a Gibraltar tan pronto como se lo permitiera su sacrificada profesión.
Sin embargo, por la cabeza del joven Emilio circulaban muchas ideas pero ninguna de ellas era la de ganarse la vida honradamente como marino mercante. Al poco de dejar la Trasatlántica entró en contacto con Mariano Conde y Eduardo Rubioel Chiquito”, dos conocidos estafadores catalogados por la Policía como audaces e ingeniosos, decidiendo que las opciones que se le presentaban en esa nueva “profesión” eran lo bastante atractivas como para dedicarse a ello en cuerpo y alma. Desde un principio mostró tan buenas maneras, acreditando una frescura y, a la vez, un descaro tal, que cualquiera diría que iba para genio. Su preparación era exquisita puesto que, además del castellano y del inglés, hablaba y escribía perfectamente el francés, el alemán, el italiano y el catalán, y con menos suficiencia algunos otros. Para el correcto desempeño del “noble” arte de la estafa y otros engaños, la estrategia a seguir era tener una personalidad múltiple, adoptando nuestro protagonista en esos primeros momentos nombres como Antonio Villamil, Tomás Portolés o Emilio San Pedro Bienes, este último nacido en Madrid e hijo del también supuesto almirante de la Armada española Deogracias Nicanor San Pedro y Torres. Después de acordarse de su amigo y residente en Gibraltar pensó que la colonia británica podía ser un buen principio para su nueva actividad a gran escala. Para ello nada mejor que la casa del propio padre de William para su estreno como estafador internacional, el cual se vería truncado tras la conversación que mantuvieron ambos una tarde de “garden party” a la que fueron invitados en una elegante villa del Peñón. El joven William, que compartía con Emilio sus fantasías y sus proezas, le abrió los ojos al asegurarle que poseía un extraordinario parecido con el príncipe Alejandro de Battenberg, hermano mayor de la futura reina consorte de España, que próximamente iba a contraer matrimonio con Alfonso XIII.
El año 1906 supuso un punto de inflexión para los dos protagonistas. Por una parte, el BARACALDO cambiaba de naviera aunque no del todo de propietarios. El 1 de marzo de ese año se incorporaba, de la misma forma que otros vapores, a la recién creada naviera Sota y Aznar, que gozaría durante muchos años de gran prestigio en el ámbito naviero mundial. En cuanto a Emilio, aprovechando la venida a España del príncipe de Battenberg a la boda de su hermana Victoria Eugenia con Alfonso XIII, enlace que se iba a celebrar el 31 de mayo en Madrid, decidió que, a pesar de lo atrevido, podría merecer la pena hacerse pasar por él. En esos primeros momentos de preparación nuestro protagonista desconocía que dicha hazaña le iba a proporcional fama internacional. El proyecto, que contaba con un presupuesto de 20.000 pesetas aportadas por William, se lo presentó a “el Chiquito”, que por entonces traía en jaque a la Policía española, para el que suponía una fechoría muchísimo más espectacular de lo que hasta entonces había hecho. No obstante, le pareció una idea genial que, sin duda, les iba a proporcionar a todo unos días de diversión a todo tren.
Antes de nada necesitaban obtener información y para ello nuestro protagonista y sus amigos viajaron a Londres. En la capital británica Emilio se presentó ante el embajador de España como si fuera el hijo del conde de Rodríguez Sanpedro, ministro de Estado del gobierno de Maura hasta diciembre de 1904 y futuro ministro de Instrucción Pública en enero de 1907, con lo que los impostores fueron declarados huéspedes de honor. Lo primero que hicieron fue agenciarse varios uniformes de la Armada británica que les ayudarían a representar su papel. Durante su estancia en la Embajada española en Londres tuvieron tiempo de sobra para enterarse de todos los detalles del viaje que tenía pensado emprender el príncipe de Battenberg a Villagarcía de Arosa para pasar una temporada antes de trasladarse a Madrid. En el equipo todavía estaba vacante el puesto de secretario particular, para lo cual necesitaban a una persona con amplios conocimientos de protocolo y buenos contactos diplomáticos. El brillante ingenio de Emilio atrapó a un empleado de la propia Embajada española que no tuvo inconveniente en caer en el juego de unos auténticos lunáticos. A la partida del verdadero príncipe, el equipo de timadores se despidió del embajador y pusieron sus miras en Francia, la primera parada. Aprovechando la ausencia de Alfonso XIII, que se había trasladado en viaje oficial hasta las Islas Canarias, remitieron un telegrama al Gobierno español advirtiendo que el príncipe Alejandro de Battenberg tenía la intención de visitar las ciudades de Valladolid, Toledo, Zaragoza y Valencia, con el fin de que le fueran rendidos los debidos honores a su jerarquía. El Gobierno español acusó recibo e inmediatamente dispuso los preparativos necesarios para que todo fuera un éxito. Como simples particulares viajaron en tren hasta Dover y allí tomaron un barco para cruzar a Cherburgo, desde donde se dirigieron a París. Al llegar a la capital francesa, tanto el embajador de Su Majestad como el embajador español, les hicieron de nuevo huéspedes de honor junto a todo tipo de agasajos sin sospechar que se trataba de un caso inaudito de suplantación. Teniendo en cuenta que el auténtico príncipe de Battenberg viajaba de incógnito, los telegramas que llegaban a Londres con las noticias relativas a los calurosos recibimientos de Emilio, en el papel de príncipe de Battenberg y alférez de navío de la Royal Navy, de William, como su ayudante y marqués de Bristol, de su secretario “el Chiquito” o Mr. Duncan, además del secretario particular, eran interpretadas como importantes muestras de cariño y respeto hacia tan importante personalidad. Utilizando a la Embajada española de carnada, el secretario particular, que instalaría su base en Paris, envió dos telegramas: uno al Ministerio de la Gobernación, cuya cartera ocupaba Juan de la Cierva y Peñafiel, y otro al embajador del Reino Unido en España, los cuales no tuvieron problemas para tragarse el anzuelo.
La despedida de París no fue menos apoteósica que la llegada. En la estación ferroviaria de Quay d’Orsay numerosas autoridades participaron en la despedida oficial, y una compañía militar con banda de música les rindió honores. Camino de España el tren hizo una pequeña escala en Burdeos y de nuevo el recibimiento fue otra muestra de cortesía y generosidad. El paso por la frontera lo hicieron por el puente internacional de Irún, aunque el primer destino en España era San Sebastián, donde solo pasarían unas horas. El despliegue resultó auténticamente espectacular: banderas de la Gran Bretaña y españolas, “aurreskus” de honor, arcos florales y continuos desvelos por parte de todas las autoridades civiles y militares que se habían dado cita para una ocasión inolvidable. Uno de los saludos más efusivos que recibieron fue el de un convencido cónsul británico en San Sebastián. En tan poco tiempo los granujas estaban flotando como en una nube y se lo empezaban a creer después de oír a todas horas palabras como “Excelencia” o “Alteza” y de recibir permanentemente cualquier tipo de reverencias. El 7 de marzo de 1906 pasó a la historia de San Sebastián como el gran día en que el pueblo, con el alcalde a su cabeza, rendía el gran homenaje a un ilustre visitante: el príncipe de Battenberg. El veterano Regimiento de Infantería Sicilia nº 7, conocido como “el Valeroso” aportaba una compañía de honores con bandera y banda de música al mando del capitán Enrique Carrión de los Condes, mientras el público aclamaba y vitoreaba al gran impostor, que hacía un trabajo magistral de suplantación cautivando a las multitudes con su simpatía y su gallarda figura. Desde San Sebastián continuaron el viaje en un tren especial que había puesto a su disposición el Gobierno español, que había picado de la forma más inocente. Con ellos viajaba el teniente coronel de la Guardia Civil Federico Arrate, que había sido designado por la Casa Real española como su ayudante durante la estancia por tierras hispanas.
Atrás quedaba San Sebastián y en el horizonte aparecía la ciudad de Valladolid, que les esperaba para continuar con la alocada farsa. A su llegada, el Capitán General Adolfo Jiménez Castellanos les iba a sorprender con un monumental agasajo. Más tarde, en el Teatro Calderón, y con la asistencia del ministro de Estado, se preparó una fiesta inolvidable para los atrevidos estafadores. La representación era perfecta y a fuerza del trato que recibían la buena vida empezó a ser algo habitual para el grupo de suplantadores, bebiendo champán, comiendo todo lo que pedían y descansando en las suites más lujosas. La generosidad y el derroche de Emilio hacían que el dinero empezara a escasear en sus carteras. Esa disminución de los fondos tenía su razón en los donativos que nuestro supuesto Príncipe entregaba en todas las ciudades que visitaba a su alcalde y al Gobernador Civil, con destino a los pobres. Enseguida abandonaron Valladolid con rumbo a Toledo, después de dar un estratégico rodeo a Madrid donde el engaño no prosperaría. En el Palacio Arzobispal, sede del cardenal primado de las Españas, monseñor Sancha había preparado un fantástico recibimiento que incluía la visita a la Catedral y otra a la Academia de Infantería. En el centro de formación militar y tras el almuerzo, el cadete Ramón Franco, en nombre de los alumnos, le hizo entrega al supuesto príncipe de una espada toledana con empuñadura de oro. Para reponer el dinero que se estaba acabando, los cinco compinches prepararon una “escenita” durante una comida en el Palacio que tenía por finalidad hacer picar al cardenal Sancha y, de paso, dar un buen pellizco al patrimonio de la Iglesia. En su presencia y en inglés, idioma que dominaba el cardenal primado, uno sus ayudantes le comentó que el envío de dinero desde la Gran Bretaña se lo habían hecho a la sucursal del Banco de España en Barcelona y que era necesario dar orden para transferirlo a Toledo, con el fin de continuar el viaje a Villagarcía de Arosa y también corresponder al regalo de los cadetes. El cardenal, a la vista de los inconvenientes por la previsible tardanza en completarse la operación, decidió adelantarse a sus necesidades y se apresuró a satisfacer una fuerte suma de dinero (“-¿Cuánto cree usted que necesitará Su Alteza? –Unas 40.000 pesetas.”), que le serían reintegradas cuando el “príncipe” llegara a Madrid, después de su periplo por Galicia. Pero los reintegros no entraban en los planes de los avispados truhanes es y, como recoge el dicho, Santa Rita, Santa Rita, lo que se da no se quita.
Sin embargo, su siguiente destino no eran las tierras gallegas sino Zaragoza. A su llegada el día 14 de marzo, desde la estación del tren del Campo Sepulcro hasta el edificio de la Capitanía General, donde tenía previsto alojarse la comitiva, el recorrido estaba alfombrado por soldados del Regimiento de Infantería “Infante nº 5”. Las situaciones cada vez se complicaban más, pero Emilio Gómez, con una gran sangre fría, iba resolviéndolas como el auténtico maestro del engaño que era. Resulta que la Infanta Isabel de Borbón, tía del rey de España, en viaje de Madrid a Barcelona, se enteró de la llegada del príncipe de Battenberg a Zaragoza y decidió hacer un alto para saludarle. El sorprendente encuentro tuvo lugar en el Gobierno Civil, quedando la Infanta “encantada de su afabilidad y simpatía”. El recibimiento en la capital zaragozana fue por todo lo alto, en especial la ovación recibida cuando Emilio se dirigió por el Paseo de la Independencia en carroza descubierta camino de la Catedral mientras muchas mujeres arrojaban ramos de flores a su paso. En la Basílica del Pilar, las autoridades eclesiásticas organizaron un acto para agasajar al falso príncipe de Battenberg, que incluso llegó a entrar en el templo bajo palio. Como todas las noticias llegaban puntualmente a Londres, y ésta no era menos, el Gobierno británico envió una nota de advertencia a su embajada en Madrid interesándose por el hecho de que se hubiese permitido que un pariente de la Familia Real británica no solo entrara en un centro católico sino que, además, lo hiciera de semejante forma.
Hasta ese momento sólo habían pasado seis días desde su salida de Londres y en tan poco tiempo el grupo de farsantes había vivido más experiencias y aventuras que en toda su vida juntos. Ese mismo día llegó a Madrid el auténtico príncipe de Battenberg desmontando con su presencia la existencia de una personalidad idéntica en dos sitios a la vez. Nada más llegar a Valencia, Emilio recibió un telegrama cifrado de su secretario particular en París con un texto lo suficientemente claro: “Peligro”. La nave hacía agua y no quedaba más remedio que abandonarla, de la forma más rápida posible, y había que salvar lo que se pudiera. Lo primero que hizo Emilio fue pedir a su ayudante, el teniente coronel de la Guardia Civil Federico Arrate, que dispusiera urgentemente de un tren hasta París puesto que habían surgido inconvenientes inaplazables de última hora. Entre tanto, en Madrid querían saber qué pasaba y el Presidente del Consejo de Estado, Antonio Maura, fue llamado a Palacio para que pudiera explicar lo que significaba todo aquello. Enterado del engaño, Antonio Maura se enfadó muchísimo y ordenó el arresto inmediato y su traslado a Madrid. A esas alturas de la película, el pastel se había descubierto y la respuesta de las autoridades muy nítida; la Dirección General de Seguridad se apresuraba a comunicar que “No hay más príncipe de Battenberg que el que está en Madrid. El otro es un sinvergüenza.”. El maravilloso viaje tocaba a su fin y no acababa precisamente como les hubiera gustado. La policía apresó a “Su Alteza” y a sus compinches en Reus, a pesar de las protestas del cónsul británico en Tarragona que se había personado en el lugar y seguía creyendo que la detención era un tremendo y lamentable error. Los impostores fueron trasladados a Madrid, mientras los juzgados de todas las ciudades de los grandes recibimientos les reclamaban mediante exhortos para rendir cuentas con la justicia. La mala racha no había hecho nada más que empezar y fue tal el lío que se montó que hasta la Justicia militar estaba dispuesta a intervenir. La condena que impusieron a Emilio en el Consejo de Guerra celebrado en Madrid, un solo juicio debido a la acumulación de todos los procesos, alcanzaba la friolera de ciento quince años de cárcel, un desproporcionado castigo para un artista que había ejecutado una hazaña tan espectacular que a nadie en su sano juicio se le habría ocurrido ni por aproximación.
Sus huesos fueron a parar a la prisión valenciana de San Miguel de los Reyes, un antiguo monasterio jerónimo reconvertido en cárcel. Allí conoció a la celadora de prisiones Suceso Bernal Herrero, una zaragozana viuda de un alto funcionario, y ambos se enamoraron. Pero como para el amor no hay celdas ni barrotes la pareja preparó la huida con las 3.500 pesetas que tenía ahorradas la buena mujer. Poco tiempo duraron sus correrían cuando la Guardia Civil les detuvo en Vigo y se encargó de conducirle de vuelta a su “hogar”, donde terminaría casándose el 24 de noviembre de 1918 con su amada. En 1914 sucedió un triste suceso a bordo del vapor BARACALDO. Uno de sus tripulantes –Francisco Peña– cayó al agua el día 19 de marzo en la ría del Nervión sin poder hacer nada sus compañeros para ayudarle. La angustiosa espera terminaba doce días después cuando aparecía flotando el cuerpo del desdichado tripulante en la Dársena de Axpe. Conforme pasaban los años, nuestro protagonista de acero se iba haciendo más y más viejo. Sus propietarios, que con frecuencia renovaban su amplia flota, decidieron venderlo el 5 de enero de 1915 a Antonio Bereincúa y Compañía, de Bilbao. El 24 de junio de 1916 volvió a cambiar de manos, al ser adquirido por la Comunidad de la Naviera Baracaldo, también de Bilbao, manteniendo en ambas operaciones el nombre con el que tocó por primera vez el agua y también el puerto de registro de Bilbao.
Gracias a la acumulación de varios indultos reales correspondientes a la boda de Alfonso XIII, al nacimiento del príncipe de Asturias y a las cartas que nuestro protagonista había escrito a la reina Victoria Eugenia (su supuesta “hermana”), la condena se redujo a tan sólo diez años y Emilio pudo abandonar la cárcel a principios de 1919. A su salida eligió la ciudad de Cádiz para afincarse y comenzar una nueva vida con su mujer. No obstante, problemas de última hora como consecuencia de una serie de estafas en la bella ciudad le obligaron a cambiar de “tercio” y alistarse al Tercio de Extranjeros cuando nuestro Ejército estaba en plena Guerra de Marruecos. Fue a parar a la VI Bandera de la Legión española, donde llegó al grado de suboficial por su buen comportamiento ante el enemigo. No hay constancia pero, probablemente, más de un caballero legionario se sintiera perjudicado por las malas inclinaciones de nuestro protagonista mientras duró su periplo militar. Tras licenciarse, y en cuanto puso pie en la Península, fue detenido por la Policía por varias estafas que había cometido antes de ir a África y volvió a ingresar, esta vez, en el Penal de El Dueso, en la localidad cántabra de Santoña. Al salir de la cárcel y gracias a una brillante hoja de servicios tras su paso por la Legión, el General José Sanjurjo le consiguió una plaza de guardia municipal en Zaragoza, a donde se trasladó con su mujer. Pero sólo duraría tres meses desempeñando ese puesto. En 1921 tenemos otra vez noticias suyas, y vuelven a sorprender a todo el mundo por su astucia e ingenio. Pero como ocurre en muchas historias, hay una parte negativa que empezará en el momento en que nuestros dos protagonistas se vean las caras y acabará con las tristes consecuencias para uno de ellos. Resulta que a última hora de la tarde del martes 19 de octubre de 1921 los vigías del semáforo del puerto de Larache divisaron dos botes que en los primeros momentos fueron confundidos con una pareja de pesqueros. No obstante, la disposición de las velas y otros detalles hicieron pensar a los allí presentes que podrían ser los botes salvavidas de algún vapor, como así se confirmaría finalmente. Avisado el Comandante de Marina, capitán de corbeta Lutgardo López, acudió al muelle partiendo inmediatamente al encuentro de los botes en una embarcación de la Compañía de Mar. Poco después atracaban en el muelle la embarcación del Comandante de Marina junto con los dos botes salvavidas conduciendo a 22 náufragos, que resultaron pertenecer al vapor español BARACALDO. Tras ser convenientemente atendidos, los tripulantes se dirigieron a declarar al Consulado de Larache y a la Comandancia de Marina. Además de hacer entrega de la documentación salvada, los testimonios del capitán y del resto de la tripulación coincidían en que la rotura del eje de la hélice tenía la culpa del naufragio. El buque quedó sin gobierno y la pieza rota, la cual dejó al buque sin gobierno y abrió una vía de agua en la sala de máquinas, sin que sus esfuerzos sirvieran para controlar la avería y evitar la pérdida del buque. Todos los náufragos fueron alojados en varios establecimientos corriendo con los gastos la Sociedad de Salvamento de Náufragos. El BARACALDO había partido de Sevilla con carga general y se dirigía a Casablanca con una tripulación compuesta por 22 hombres al mando del capitán Antonio Fernández Olascoaga. La “avería” se había producido a las diez de la noche del lunes 18 de octubre, cuando se encontraba a unas 23 millas al Oeste de Larache. El vapor se hundió a las nueve de la mañana del día siguiente.
La Causa por la pérdida del vapor BARACALDO fue instruida por el Juzgado especial de Sevilla. El capitán de corbeta Baldomero García fue nombrado juez instructor. Desde los primeros instantes, determinados detalles hicieron sospechar que pudiera tratarse de un siniestro fraudulento. Algunas personas con intereses en el suceso iniciaron una minuciosa investigación que permitió confirmar las sospechas iniciales. Todo empezó cuando el representante del Lloyd’s, que era la compañía en la que se encontraba asegurado el vapor en 73.000 libras esterlinas, fue tirando de la lengua al apoderado del armador logrando, primero que regañase con su “patrón” y, finalmente, que terminase por contar una serie de hechos tan mal hilvanados que podían constituir indicios racionales para sospechar que se había producido un hundimiento premeditado. A partir de ese momento, el representante del Lloyd’s y el apoderado del armador, con la colaboración del representante de las compañías de seguros de las mercancías embarcadas en Sevilla, trazaron un plan con el fin de conseguir más información del primer y segundo oficial del vapor. Gracias a las actas notariales presentadas en el juzgado con numerosas declaraciones de estos dos tripulantes, los improvisados detectives consiguieron que el juez aceptara una denuncia y ordenase la detención del armador, del capitán, del primer maquinista y de varios cargadores. Como consecuencia de las órdenes del juez ingresaron en prisión el armador Luis Hermida, el segundo oficial Sr. Plazonich, el ayudante de máquinas Celestino Barrena y tres cargadores de Sevilla, mientras el capitán y el primer maquinista Ángel Orús, que no se habían presentado, fueron declarados en rebeldía. Pero, ¿quién era realmente el capitán del BARACALDO? Pues ni más ni menos que nuestro protagonista que, gracias a sus conocimientos náuticos, a documentos falsificados y a otras artimañas, había conseguido el mando del vapor con un nombre supuesto.
El 20 de junio de 1923 empezó en el Cuartel de Ingenieros de la capital sevillana el Consejo de Guerra para ver y fallar la causa instruida por el Juzgado especial de Marina con motivo del hundimiento del BARACALDO. Mes y medio más tarde se hizo pública la sentencia en la que se condenaba al armador a la pena de 18 años de reclusión e inhabilitación perpetua; a los comerciantes Srs. Gallego y Mateo, a la pena de 10 años; al cargador Sr. González, a 8 años; al capitán, a 3 años; y además a todos estos procesados se les imponía una fuerte indemnización. Tanto el segundo oficial como el ayudante de máquinas solo fueron condenados al pago de multas. Sin embargo, las actuaciones judiciales darían un giro inesperado al disentir de la sentencia el auditor de Marina, lo que ocasionó el trasladó de la causa al Consejo Supremo de Guerra y Marina, que decretó la anulación de todo lo actuado y la reposición de la causa al estado de sumario. Nuestro protagonista volvía a gozar de libertad pero, por entonces, su mujer estaba gravemente enferma y tuvieron que operarla. Viendo su fin próximo pidió a Emilio regresar a su tierra querida para morir en paz. Como estafador empedernido, su siguiente víctima sería la agencia funeraria zaragozana, que no recibió ni cinco céntimos por los gastos del entierro de su esposa. La policía no tardó en detenerlo, aunque tampoco tardaría demasiado Emilio en salir.
Hasta el 26 de octubre de 1927 no se reunió en Madrid la Sala de Justicia del Consejo Supremo de Guerra y Marina para ver y fallar por segunda vez la causa por el hundimiento del BARACALDO. Presidía la Sala el almirante Carranza. En sólo tres días estaba lista la sentencia y se hacía pública. La condena al armador y al capitán coincidía con lo solicitado por el fiscal para ambos, diez años y un día de prisión mayor, considerando al primero autor por inducción y al segundo autor material del delito de naufragio premeditado. Finalmente, se condenaba al apoderado del armador a tres años y un día de prisión correccional, como cómplice del mismo delito, resultando absueltos los dos otros procesados. Las penas accesorias para los dos primeros eran la de inhabilitación absoluta temporal y para el tercer condenado, la misma inhabilitación para cargos públicos, además de la pérdida del derecho de sufragio durante la extinción de la pena. Los tres procesados, de forma solidaria y mancomunada, eran condenados a satisfacer una fuerte indemnización a los perjudicados por el naufragio. El armador del BARACALDO, Luis Hermida, sufrió en exceso los rigores del sistema penitenciario y su delicado estado de salud no soportó el encierro, falleciendo el 23 de enero de 1928.
De forma complementaria se siguieron otras dos causas por la Jurisdicción Civil contra los dueños del cargamento, una en Sevilla y otra en Barcelona, ciudades donde recibió la carga el vapor BARACALDO en su último viaje. El único acusado en la capital andaluza, el cargador Manuel Gallego, fue absuelto en 1930. Durante ese año se produjo otro hecho destacable en relación con el naufragio del BARACALDO. En la Gaceta de Madrid del 11 de junio de 1930 se publicaba la Real Orden número 54 en la que se concedía los beneficios de libertad provisional a favor de nuestro capitán-estafador y extinguía la condena de diez años y un día de presidio mayor en la Prisión Central de Cartagena, donde penaba por su última fechoría. A primeros de junio de 1932, mientras Emilio cumplía condena por diferentes estafas menores (aunque muchas terminaban con simples multas), estaba previsto en la Audiencia Provincial de Barcelona el juicio para ver y fallar la causa por estafa seguida a instancia de las compañías aseguradoras. Los tres acusados -el apoderado del armador Ricardo Brotons y los cargadores José Torres, Rafael Iranzo y Raquel Iranzo– fueron igualmente absueltos. Con este último acto acababan los procedimientos judiciales con motivo del hundimiento del vapor BARACALDO.
La vida daba una nueva oportunidad a Emilio para gozar de la esperada libertad (sólo provisional), y nuestro protagonista regresó a Cádiz, ciudad que conocía perfectamente, en donde puso su mente a trabajar. Un uniforme de coronel del ejército peruano en unión a su particular osadía y a su experiencia aseguraba sorprendentes aventuras, como así sería. El antiguo falso príncipe de Battenberg ideó una nueva estafa y el lugar idóneo sería el continente africano, descubierto gracias a su paso por la Legión. Nada mejor que presentarse con su nuevo y flamante uniforme de coronel peruano en Tetuán ante Manuel Rico Avello, entonces Alto Comisario de España en Marruecos, que era la autoridad de la Administración española en el Protectorado marroquí. El Alto Comisario le recibió con todos los honores y le colocó en un sitio privilegiado de la tribuna por delante de la cual desfilaron, en honor a Perú y su digno representante, una columna de infantería española y un escuadrón de caballería jerifiana. Gracias al engaño, Emilio disfrutó de unos días de verdadera juerga en tierras africanas. Aunque viendo lo visto pensó que todavía podía sacar alguna tajada más. Al pisar Emilio tierra peninsular por la ciudad de Algeciras decidió ponerle la guinda a la estafa y telegrafió a Manuel Rico Avello para que hiciera el favor, ya que le habían robado la cartera, de enviarle a Cádiz por giro 2.500 pesetas, cantidad que le devolvería en cuanto llegase a Madrid. El Alto Comisario no tuvo inconveniente y, como no podía acabar la historia de otra forma, terminaría interponiendo ante la policía la correspondiente denuncia por la estafa de las 2.500 pesetas.
Una confidencia a la Guardia Civil de Sevilla permitió detener en septiembre de 1935 a un “vulgar estafador”, como le catalogó cierta prensa, que se hacía pasar por capitán de la Marina Mercante. El cabo Pugas, responsable del operativo, interrogó al detenido que dijo llamarse Emilio Gómez Díaz. Resultaba que nuestro protagonista llevaba varios días merodeando por los muelles y saludando a los capitanes de los buques atracados en el puerto, lo que hizo levantar algunas sospechas. Entre la documentación que le fue intervenida se encontró una carta del Ministerio de Marina, de cuyo texto de deducía que se había dirigido a ese centro administrativo solicitando un duplicado del título de capitán a nombre de Alejandro Bosch, petición que se le denegaba en tanto no justificara de manera oficial la pérdida del documento primitivo. También se le ocupó otra carta del Hotel Victoria, de Tetuán, felicitándole por el nombramiento de capitán del vapor ASTURIAS. La Benemérita tuvo, por otra parte, conocimiento de que en un hotel de Sanlucar de Barrameda se había hospedado Emilio varios días durante el verano anterior cuya cuenta había dejado sin pagar. El 1 de febrero de 1936 era la Guardia Civil de la localidad asturiana de Vegadeo la que detenía a Emilio, que en un primer momento dijo llamarse Justo García y se hacía pasar por capitán de la Marina Mercante, inspector de la Compañía Trasmediterránea y comandante de fragata de la Marina cubana. Sobre él pesaban varias denuncias por estafa y la Guardia Civil comprobó que los documentos que aportó en el momento de la detención eran falsificados, por lo que fue puesto a disposición judicial. En unos días estaba de nuevo en la calle y ligero de equipaje puso rumbo a la vecina Santander.
A pesar de la notificación que había remitido la Dirección General de Seguridad a todas las comisarías de España interesando la captura del estafador Emilio Gómez Díaz, nuestro protagonista, viejo y cansado con sus 57 años a cuestas, capeaba de la mejor forma que podía la persecución a la que era sometido por fuerzas policiales y por la Justicia. Los grandes proyectos estaban ya muy lejanos en el tiempo y en la capital cántabra se preparó para realizar pequeñas estafas haciéndose pasar por el sobrecargo del vapor CRISTÓBAL COLÓN, con el fin de pedir dinero en nombre de Eduardo Fano, un legendario capitán de la Compañía Trasatlántica muy conocido en Santander. Para ello utilizaba también a una muchacha llamada Lola, que vivía en Barrio Cajo y a la que le había dado palabra de matrimonio. Entre sus últimas víctimas se encontraban el cónsul de Cuba, el comandante de Marina y numerosos comerciantes.
Terminaba el mes de febrero de 1936 cuando Emilio fue detenido en Santoña por la Guardia Civil, una de sus pesadillas a lo largo de su vida, que lo hacía a instancias de los agentes de la Brigada de policía criminal de Santander dirigidos por el comisario Fernández Vior. La detención tuvo lugar en uno de los hoteles más lujosos de la villa marinera donde se hospedaba nuestro protagonista. Los agentes de paisano preguntaron en la recepción por el sobrecargo del CRISTÓBAL COLÓN y enseguida apareció Emilio vestido con el uniforme de la Trasatlántica, pensando que se trataba de varios señores a quienes había citado en el hotel para entregarle las 500 pesetas que les había pedido. Lo siguiente fue la conversación que mantuvieron ambas partes:
“- ¿Es usted el sobrecargo del CRISTÓBAL COLÓN?
Emilio Gómez contestó afirmativamente.
– Pues dése usted por preso, que está reclamado por la Dirección General de Seguridad.
El estafador hizo un gesto de resignación y contestó:
– ¡Ah, sí, ya sé! Lo de Rico Avello.
Y se dejó conducir a Santander sin oponer resistencia.”
Con esta última detención de Emilio Gómez se anulaban las órdenes de busca y captura que pesaban sobre su persona. Resulta curiosa la lectura de un Edicto del Juzgado de Partido de Tetuán publicado en el Boletín Oficial de Ceuta del jueves 23 de abril de 1936, el cual se transcribe a continuación: “Don Luis Salazar Rubio, Juez de Primera Instancia de Tetuán y su partido. Por el presente se dejan sin efecto las órdenes de busca y captura dictadas en la causa núm. 140, de 1935 con fecha 19 de diciembre del pasado año, contra el procesado Emilio Gómez Díaz (a) Príncipe de Battenberg, por haber sido ya habido. Así mismo se deja sin efecto la requisitoria de igual fecha y referente al mismo procesado y causa, inserta en el BOLETÍN OFICIAL DE CEUTA núm. 494 de dos de Enero siguiente. Dado en Tetuán a siete de abril de mil novecientos treinta y seis. Luis Salazar. El Secretario Jaime Fernández.” Habían pasado por entonces muchos años y nuestro protagonista todavía era conocido por los diferentes estamentos judiciales como el “Príncipe de Battenberg”.
Numerosos periodistas se interesaron por la azarosa existencia de un personaje tan peculiar e ingenioso como Emilio. Nuestro protagonista abrió su corazón en la comisaría para ponerles al corriente de su extraordinaria vida. Con orgullo y satisfacción fue relatando sus innumerables episodios picarescos, audaces estafas, uso indebido de nombres, uniformes y títulos, y evasiones de los penales, algunos de los cuales he intentado recoger en este artículo lo mejor que he podido. Digo lo de “podido” porque como todos nos sabemos a estas alturas, Emilio tenía una imaginación elevada a la enésima potencia y uno al final ya no sabe si lo que está leyendo en las diversas fuentes que he podido consultar es verdad o mentira, real o ficticio, verdadero o falso. Eso sí, hay que dejar claro que en sus numerosos delitos jamás vertería sangre ajena. Aunque les dijo a los periodistas que esperaba salir pronto de la cárcel, nuestro protagonista se veía acabado y superado por los últimos acontecimientos y ya solo importaba que se conociera con detalle su alucinante trayectoria. Aunque hay muchísimo más, aquí dejo el relato, con Emilio Gómez Díaz, príncipe de Battenberg, miembro de honor de la picaresca española de todos los tiempos.
Mi agradecimiento a Ramón Rodríguez, de la Biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Navales de Madrid, a Luis Jar Torre y a Juan Manuel Grijalvo.
Foto 1.- El vapor BARACALDO en Algeciras. Foto del libro……….Colección de Laureano Garcia.
Foto 2.- Emilio Gómez Díaz, supuesto Príncipe de Battenberg, con uniforme de oficial de la Marina Mercante (Revista La Linterna).
Foto 3.- El auténtico Príncipe de Battenberg (Revista La Linterna).
Foto 4.– A los 57 años, Emilio Gómez Díaz con el uniforme de sobrecargo de la Trasatlántica (Revista La Linterna).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *