JOSÉ JUAN DOMINE

José Juan Domine nació en Albacete el 6 de junio de 1869 y falleció en Valencia el 11 de octubre de 1931. Fue medico, político y sobre todo naviero. Fue uno de los personajes clave de la Vida Marítima española de la primera mitad del siglo XX, y sus obras fundamentales fueron: La Compañía Trasmediterránea, la Unión Naval de Levante y CAMPSA.
Dirigió también una revista médica, La Salud Publica. Revista de Higiene y Tuberculosis, así como una clínica especializada en enfermedades del aparato respiratorio en Valencia.
Amalgamo navieras, creo astilleros contra la voluntad de muchos de sus propios compañeros y contribuyo a la creación de CAMPSA, de la que fue primer presidente. Para mi fue uno de los actos mas valientes de nuestro Estado, mostrando lo que debería ser la lucha contra las nefastas, miserables y malditas grandes corporaciones que acabaran con nuestro estado de bienestar mientras destruyen el mundo en que vivimos. Disculpen los lectores la vehemencia de mis palabras siempre que hablo de corporaciones, pero, y no debo seguir por aquí, la destrucción de estas magnas corporaciones seria la mejor receta para la salud de nuestro planeta y de la humanidad en general. Pero esto, como siempre, es otra historia.
La de nuestro personaje nos la narra D. Ernesto Anastasio Pascual, gran amigo suyo, en el siguiente texto, condensado del libro UNION NAVAL DE LEVANTE, S.A. 1924-1949. Leamos: …Don José Juan Dómine era natural de Albacete. Muchas personas de su amistad han ignorado siempre esta circunstancia, porque desde muy joven residió en Valencia, donde cursó sus estudios universitarios en la Facultad de Medicina con desusada brillantez, y de tal manera prendió en su espíritu el ambiente valenciano y su vocación irresistible por los barcos, en el marco mediterráneo y marinero del puerto del Grao de Valencia, que, plenamente identificado, con esta patria chica de adopción, fue, y siguió siendo, hasta que murió, un valenciano del Grao de Valencia, y allí reposan sus restos al lado de la buenísima Pilar, su mujer, hija de la misma población.
Dómine, como médico, ejerció la carrera dándole el prestigio que nunca puede dar la Ciencia si no va acompañada de la generosidad, y si él descollaba por su propio e indiscutible mérito en la primera, nadie pudo superarle en la segunda, porque de él es de quien se puede decir con mayor justicia, que ejerció su carrera como un verdadero sacerdote de la Medicina. Los enfermos pobres lo sabían y le adoraban, y los ricos, que utilizaban sus servicios les ofrecía prueba reiterada de su magnífico desinterés. Este hombre excepcional, que hubiera dejado una huella profunda de su paso por la Medicina si a ella hubiera consagrado toda su vida, tenía, como ahora se dice, su violín de Ingres, que se desdoblaba en dos aficiones irresistibles, a saber : la política y los barcos. Y no se puede entender con claridad el porqué y el sentido de su obra en la vida de los negocios, si se pierde de vista aquella irresistible vocación política de mi entrañable amigo.
Apresurémonos a decir que la política de Dómine no era la corriente, y a separar del concepto que vulgarmente se tiene de la política, todo lo que puede haber en ella de despreciable y de poco honesto. La política de Dómine excluía cualquier deseo visible ni encubierto de aprovechamiento personal. Era esencialmente una política de’ simpatía. Dómine constituye la prueba más decisiva y concluyente de los milagrosos y desconcertantes resultados que un hombre puede lograr, aun con mediana inteligencia y escasa preparación, si posee, como poseía Dómine, una maravillosa simpatía y un don de gentes excepcional. Armado de estas dos armas, consiguió cuanto quiso, y donde quiera que él intervenía era siempre el primero.
Fue Diputado y Senador con Montero Ríos, Canalejas y Romanones, cuya Jefatura reconoció en el partido liberal, en que militó siempre, pero lo hubiera sido igual en cualquier otro de los de la Monarquía de Don Alfonso XIII, porque sirvió con lealtad al Rey, y como siempre daba más de lo que recibía, ni despertaba envidias ni podía ser enemigo de nadie. Sus intrigas, porque en política no se puede ser ajeno a ellas, se encaminaban siempre a un fin honesto, y si para el éxito de la intriga había que mentir, con mentiras intrascendentes, fue siempre para evitar el conocimiento de una verdad que podía producir rencores y discordias, para simular otra que determinara concordias y avenencias. Todos los grandes políticos del régimen monárquico, y aun los otros que estaban en la oposición y la practicaban sin móviles bastardos, eran sus amigos, y la amistad de todos, que pudo conservar sin esfuerzo por su desinterés y por no haber caído jamás en la tentación de solicitar cargos públicos, le dio una fuerza quizá no igualada en ningún otro personaje de su tiempo, para lograr el triunfo total de sus audaces iniciativas en el ámbito de los negocios.
Dómine fue el fundador de la Compañia Valenciana de Vapores Correos de África. El año 1910 se promulgó la Ley llamada de Comunicaciones Marítimas, que organizó en varios grupos las comunicaciones marítimas regulares entre la Península y las Islas Baleares, las Plazas de Soberanía de Marruecos, las Islas Canarias y los servicios interinsulares en este Archipiélago. Para las comunicaciones de la Península con Marruecos, con la amplitud prevista en la Ley, no existía ningún naviero en España que, por sí solo, pudiera ofrecer al Gobierno una flota adecuada. Había que crearla, y a ello se aplicó un grupo de navieros catalanes, a quienes seguramente se les hubiera adjudicado el concurso, a no ser porque Dómine, cogiendo el violín de lugres de los barcos, concibió la idea de crear él, a su vez, otro grupo con los vapores de la Compañía Valenciana de Navegación, los de Cola y Maycas, también de Valencia, y con la compra en el extranjero de los buques necesarios, hasta completar una flota de 18 que ofreció al Gobierno, logrando que a esa Compañia por él fundada, para esa exclusiva finalidad, le fuera adjudicado el concurso.
Dómine no era entonces más que un médico. Acudía casi a diario y por pura afición, a las oficinas donde sus amigos, los navieros valencianos, se reunían para la dirección de sus negocios marítimos, y opinaba sobre ellos y nadie se atrevía a discutirle ni a contrariarle. Pero los servicios creados por la Ley de Comunicaciones Marítimas le ofrecieron una maravillosa oportunidad. Se trataba de triunfar en el concurso, y los navieros que se agruparon a su alrededor tenían la certera intuición de que nadie podía llevar las gestiones con tanto éxito como las llevaría Dómine, que, a virtud de este éxito inicial, dejó a un lado el ejercicio de la Medicina, y se consagró plenamente a la dirección de una gran empresa naviera que alumbraría después, en su no prevista evolución, la Compañía Trasmediterránea y los Astilleros de la Unión Naval de Levante. La política ya le ha servido a Dómine como la mejor fuerza coadyuvante para irrumpir con éxito en los negocios navieros. Los negocios navieros y la significación que rapidísimamente alcanza en ellos, por la fuerza incontrastable de su personalidad, le servirán después, para consolidar y agrandar con mayor prestigio su posición en la política.
Fue entonces cuando yo conocí a Don José Juan Dómine. El, Director de la Compañia Valenciana de Vapores Correos de África, y yo, Práctico del puerto de Barcelona, en el momento en que acababa de licenciarme en Derecho y Ciencias Sociales. Los Marinos mercantes y a la cabeza de ellos los que componían las dotaciones de Correos de África, solicitaron mejoras en los sueldos, amenazando con un paro si no se les daba satisfacción en sus demandas. En aquel tiempo, una huelga de Marinos tenía todas las probabilidades de ir al fracaso, porque carecían aquéllos de la debida organización, y cualquier otro naviero de los de entonces, se hubiera considerado agraviado por la coacción de sus subordinados y hubiera resistido. Pero Dómine era más hombre de este tiempo que de aquél. Tomó el tren, no desdeñó venir a verme, sabiendo la significación que yo tenía entre mis compañeros los Marinos ; se convenció sin gran dificultad de que éstos tenían razón, y sin preocuparse de otras cosas, poniendo, como hacía siempre, por delante el corazón, accedió de plano y quedó solucionado, antes de iniciado, el conflicto. Quedó desde entonces sellada una amistad cada vez más íntima y cordial, que no nos abandonó ya nunca, y cuando se le ocurrió la genial idea de fundar la Compañía Trasmediterránea, fui yo su colaborador más íntimo y nadie conoce mejor las vicisitudes y las dificultades que tuvieron que vencerse para la creación de esa gran Compañía.
La concepción de Trasmediterránea no podía llevarla adelante más que un hombre de un excepcional prestigio. No he dicho todavía que el talento natural extraordinario de aquel amigo, no se correspondía con una gran preparación para la vida de los negocios. Ni para Correos de África primero, ni para Trasmediterránea después, perdió muchas horas Don José Juan Dómine haciendo números. Yo no le vi jamás hacer ninguno, y abrigo dudas muy serias acerca de si hubiera sabido hacerlos. Pero a él eso no le importaba gran cosa, y la prueba de que no debía ser muy esencial, es que llegó a donde quiso llegar sin emborronar una cuartilla.
Los hombres de números no suelen ver más que una sola de las facetas de un problema. Dómine veía las otras y creía que a estas otras debían subordinarse dócilmente los números, que son la pesadilla de los negocios. A él le bastaba con soñarlos y recrearse por anticipado en la belleza de sus concepciones. Trasmediterránea se hizo por una sola y única razón : porque él quiso que se hiciera, y ninguno de los navieros que se nos incorporaron, estaba bien seguro de que aquello debiera hacerse ; pero nadie se atrevió a contradecir a un hombre que se había puesto por encima de todos por la milagrosa sugestión que emanaba de sus palabras, que eran siempre una magnífica y desconcertante divagación, y por la simpatía arrolladora con que sabía exponerlas.
Esos peligrosos métodos de improvisación, podrán discutirse y, además, será muy difícil contradecir las razones que impidan confiarse a ellos ; pero ahí están los hechos. Trasmediterránea es una de las cosas más importantes que se han hecho en España. La hizo un médico que sentía un desdén absoluto por la Aritmética, y lleva ya 33 años de vida, y más sólida y fuerte que lo estuvo nunca.
Pero la obra más audaz de Dómine fue la de los Astilleros.
Aquel espíritu inquieto no hallaba punto de reposo. Cualquiera podrá pensar que la obra de los Astilleros ha sido producto de una minuciosa elaboración mental, rodeada de toda suerte de garantías técnicas. Quien así lo creyera caería en un profundo error.
Los Astilleros primero, y la Unión Naval de Levante, después; han sido resultado en su iniciación, de la tertulia diaria en el puerto del Grao, con los concurrentes habituales a ella, compañeros de Consejo, Inspectores, y con otro gran valenciano, Ricardo Gómez, laborioso e inteligente industrial, hijo del fundador de los Talleres Gómez, que con sus hermanos Francisco y Rafael crearon el esbozo de Factoría que en el ruido ensordecedor de los Talleres Gómez y en los atrevimientos poco meditados, que les llevaron a aceptar la construcción de unidades pequeñas, excitaron el espíritu creador de Dómine para la obra de los Astilleros.
Todo esto no puede entenderse bien si no se vive a orillas del Mediterráneo. Dómine mismo, no lo hubiera comprendido si hubiera continuado viviendo en Albacete; porque el Mediterráneo tendrá siempre el privilegio de los grandes hechos y de las grandes inspiraciones. Por algo es cuna de la civilización, y en él se decidirá siempre, pase lo que pase y a la larga, el curso de la Historia.
Los Astilleros de Valencia fueron siempre nuestra más constante y pesada preocupación. Cuando yo razonaba en las Memorias de Trasmediterránea la necesidad de terminarlos para asegurar un instrumento eficaz de renovación de nuestra flota, discurría de este modo para que Dómine pudiera tener razón, aunque estaba en el fondo aterrado pensando en que la Compañía se echaba sobre sus hombros una carga que difícilmente podría soportar, y estoy seguro de que era yo quien tenía razón, porque operaba con la razón de los números. En el fondo él tenía otras, que eran Valencia y el Grao, no sé si pensaba más en éste que en aquélla; pero él se regocijaba con la visión de una realidad que no ha podido comprobar, porque la muerte se lo llevó antes de tiempo. El imaginaba algo así como una masa industrial que pudiera exhibir como índice de lo que significa el obrero valenciano en relación con todos los demás de España y del mundo. El obrero valenciano es un artista. Los barcos que salen hoy de los Astilleros de Unión Naval de Levante, constituyen una obra de artesanía. Los extranjeros que los han visto han quedado admirados, y es inútil que al obrero valenciano se le diga que no exagere tanto en la pulcritud de su trabajo, porque esto encarece el producto. El obrero valenciano o trabaja bien o no le interesa trabajar. En este sentido podemos imaginar a Dómine en la cumbre de una muchedumbre trabajadora constituida por poetas y artistas. Los Astilleros, al propio tiempo que eficaces como los que más, son bonitos y limpios. A Dómine le interesaba esto mucho más que ganar dinero. Y efectivamente, logró plenamente de las dos cosas, la que más le interesaba. Unión Naval de Levante logrará, si es que ya no lo ha logrado, ocupar el primer puesto en la perfección de lo que hace.
Quizá no lo alcanzará nunca en cuanto a obtener los mayores lucros, pero éstos, en proporción moderada y honesta, son indispensables para que la obra subsista, y la subsistencia de la obra, que ha de seguir ampliándose y desarrollándose, ha de ser el mejor homenaje que tributemos a su ilustre fundador.
Yo creo que ha quedado suficientemente explicado, por qué este prólogo, si se consideraba que hacía falta, debía ser yo quien lo escribiera. Con la misma autoridad digo que Valencia está en deuda con uno de sus más ilustres hijos de adopción. Quizá sea aun demasiado pronto para establecer comparaciones; pero si ello fuera propio de este lugar, pondríamos en relación la labor de Dómine con la de otros dos grandes navieros, el Marqués de Campo y el Marqués de Comillas. No me considero con autoridad para hacerlo, porque no conozco tan a fondo como yo quisiera a aquellos dos excelsos personajes ; pero afirmo que Don José Juan Dómine no podía salir perjudicado en la comparación.
Don José Juan Dómine fue, además, Presidente de la CAMPSA. No puede hacerse mención de este hecho, sin recordar la genial intuición de D. José Calvo Sotelo, Ministro de Hacienda, que hubo de luchar para constituir el Monopolio de Petróleos contra la hostilidad concertada de los trusts internacionales del petróleo. Fue aquella una tarea ingente que puso a prueba la energía indomable del Ministro y que ofreció una nueva ocasión para que la influencia personal de Dómine lograra concentrar dentro del país, uniendo a su alrededor toda la Banca nacional, la suma de intereses que se ofreciera al Gobierno, en aquel entonces presidido por el General Primo de Rivera, para hacer viable aquella gran Empresa. La creación del Monopolio de Petróleos, su sostenimiento y desarrollo contra todas las fuerzas extranjeras que creyeron fácil desbaratar aquella iniciativa, como creen ahora cosa hacedera rendir a España mediante la más injusta confabulación internacional que vieron los siglos, constituirá uno de los más señalados timbres de honor de aquel Ministro y del hombre excepcional a quien rendimos homenaje.
De un modo general, adquieren más categoría de Historia los hechos que realizan los grandes hombres que triunfaron en las armas, en la política y en la sabiduría, o que descollaron por su santidad. Sería exagerado situar a Dómine en ninguno de estos cuatro grandes grupos que encuadran las actividades fundamentales de la Historia; pero el día que se caiga en la cuenta de la fuerza incontenible que tiene en las grandes creaciones humanas el don de gentes, y esa paradójica circunstancia de ver un hombre desdeñoso de la riqueza material volcado en la vida de los negocios por una vocación sentimental, pensando en servir a su Patria grande y chica y a sus semejantes, habrá que poner en un puesto del máximo honor a esa gran figura, cuyo espíritu me parece aún percibir, inspirándonos a todos y presidiéndonos en todos los actos de esta conmemoración.
D. Ernesto Anastasio Pascual.
Presidente del Consejo de Administración.
Madrid, Abril de 1949.
Indudablemente fueron grandes amigos en los negocios. Para saber la historia de los buques de la gran Compañia que creo, recomiendo la pagina TRASMESHIPS de mi amigo en la red Laureano Garcia.
Foto 1.- Foto de D. José Juan Domine. Del libro CINCUENTA AÑOS DE CAMPSA. 1927-1977.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *