EL HUNDIMIENTO DEL VAPOR CORREO ALFONSO XIII

Como consecuencia de la modificación del articulo sobre el primer ALFONSO XIII y su gemelo el REINA MARIA CRISTINA, hemos decidido hacer un articulo en si mismo sobre el triste final del primero de ellos. Para ello aprovechamos las fotos encontradas en la revista NUEVO MUNDO, de febrero de 1915, en que aparece reflejado con toda su tristeza este triste hecho.
Sobre tragedias marinas existe abundante bibliografía, alguna de ella muy buena, y también, en la red, son numeras las paginas web que en ello tienen su razón de ser. Dentro de las nacionales debemos añadir a nuestra biblioteca virtual http://www.naufragios.net, pagina personal del excelente escritor Fernando José García Echegoyen, bien conocido por sus libros sobre grandes tragedias marítimas, algunos de los cuales esperamos tener el permiso del autor para poder citarlos en esta pagina. Otra web es http://www.grijalvo.com/Manuel_Rodriguez_Aguilar/1ab.htm, en donde encontraremos abundante y excelente información sobre grandes naufragios, de la pluma del notable historiador Manuel Rodríguez Aguilar, quien nos honra con sus interesantes colaboraciones en Vida Marítima.
Sobre la tragedia del ALFONSO XIII, bien sorprendente en si misma, recurrimos a Rafael Gonzalez Echegaray en su libro ALFONSO XIII. UN REY Y SUS BARCOS, para conocer el alcance y desarrollo de los hechos. Leamos: El dos de Febrero del año de gracia de 1.915, a las cuatro de la tarde, rendía el viaje numero 2 en la bahía santanderina el ALFONSO XIII, procedente de las Américas y quedaba amarrado a la boya de los correos de la Trasatlántica, que era como una torta blanca y gigante a flote en el fondeadero de la Osa, frente por frente a la ciudad.
Subieron las gentes de tierra, aduaneros, inspectores, sanitarios y celadores y empezó a desembarcar en seguida el pasaje por la escala real hasta las vaporas de trasbordo a tierra. Los indianos de jipi y loro volvían su mirada hacia arriba y se despedían de su barco, que ahora les parecía inmenso contemplado desde abajo, a ras de agua, con el voladizo gigante de la bovedilla desbordando sobre la barahúnda de lanchas y gabarras que pululaban al costado.
El muelle desembarcadero era una colmena de impacientes que esperaban al tío de América; de maleteros, fondistas, carabineros y santanderinos de toda condición que no querían perderse el espectáculo de la llegada del correo de Cuba y que desde que sonó el cañonazo de entrada y el aullido característico de la sirena del ALFONSO se habían ido acercando al muelle de Tablas.
El equipo técnico de la Inspección había subido ya a bordo y tras saludar al capitán, don Luís Sopelana, examinaba la lista fatídica de reparaciones de cubierta, máquina y fonda que a fin de cada viaje deberían de efectuarse en lo que ordinariamente se llama en el argot náutico “la recorrida”, antes de que empezara a embarcar el nuevo pasaje del siguiente viaje. La prudencia y el sentido común de los capitanes inspectores limaba lo superfluo dejándolo para la gran parada anual, y ordenaba efectuar lo necesario o imprescindible.
A media tarde ya no quedaba a bordo ni un pasajero y media tripulación se había ido a casa, franca de ría, hasta los pueblos de Comillas, Ruiloba, Suances y Ruiseñada, que eran la cantera inagotable de personal de flota de López. Los hombres del taller de reparaciones, situado al borde del mar en un playazo muy próximo, con gradas y todo, que se llamaba San Martín, entraron a bordo comenzando a puntear las listas.
Al anochecer se arriaron banderas a telón, se desembarcaron los visitantes, y el ALFONSO XIII quedó sumido, silencioso, en el bien merecido descanso de su viaje, mientras se iban dejando apagar los hornos de sus calderas y se encendían medrosas las luces de fondeo en plena canal.
Al día siguiente, 3 de Febrero, comenzó la descarga con los puntales del buque y simultáneamente se abrieron las grandes portas del costado para abarloar contra ellas a las grandes gabarras metálicas que, atiborradas de carbón, se acercaban para trasbordar el consumo preciso para el nuevo viaje. Así todo el día. Se echaron a tierra las colchonetas sucias y el material excluido de fonda y empezaron los hombres de a bordo a retocar el maquillaje de pintura de las superestructuras altas.
Aquel día, sin embargo, saltó el Sur. El Sur, con mayúscula, es el viento telúrico que en la primavera y en el otoño se desata sobre el Cantábrico y en Santander y su bahía adquiere proporciones gigantescas, con rachas huracanadas de ciclón tropical. Ha sido dos veces el causante de la desaparición de la ciudad y una de ellas, bien reciente, no hace mas de treinta y siete años.
El Sur empieza suave y caliente, tiñendo de arrebol a los atardeceres el escenario fantástico del cielo de la bahía montañesa. Así fue aquella tarde. La contraseña azul se desplegaba en su penol y el trapiche de la marejadilla zarandeaba los botes, remolcadores y barquitas de la escolta portuaria del vapor, que atortoraban a pie de plancha.
El día 4 sopló el viento Sur toda la mañana y al repunte de la marea. Las obras de abordo seguían su curso normal y se recibió aviso de que el buque tendría que seguir fondeado por lo menos hasta el día 14. Al siguiente, el orto mañanero fue un infierno de rojos y malvas con cirrús de fuego y calma chicha. Los operarios del taller, aquel día, descosieron una plancha del forro para sanearla en la junta del desagüe y la dejaron después colocada y presentada con algunos roblones de sujeción sin remachar.
A las cinco y media de la tarde ya no quedaban a bordo mas que los oficiales y el retén de guardia. Y de repente saltó el Sur, con su concierto gigante de bramidos y su marejada verde sobre la bahía. Las montañas de enfrente, con los Picos de Europa nevados de trasfondo, se acercaban a través de una atmósfera loca, increíblemente limpia y vacía.
La guardia reforzó las amarras y a eso de las ocho, repentinamente, faltó, como un latigazo , un obenque del botalón. El barco, aproado a la vaciante, recibía el viento de través y tomando ventola comenzaba a escorar, rozando con la cadena de amarre tesa por la amura como un dardo, la jarcia del bauprés. El contramaestre subió al castillo, observó el percance y fue a dar parte al oficial de guardia, quien con el sobrecargo y varios alumnos estaba en la cámara jugando una partida de cartas.
Entre tanto el buque había empezado débilmente a escorar a estribor. Al principio no se le dio importancia, porque recibiendo toda la fuerza del viento de través , era lógico que adquiriese una pequeña tumba, habida cuenta de la gran baluma del casco, que además estaba totalmente en lastre y con una gran parte de la obra viva al aire. Eran las ocho de la tarde.
El contramaestre comenzó de nuevo la ronda para averiguar la causa de esa escora, pues estando el buque prácticamente apagado por completo y sin vapor para las bombas, no cabía achacarla a un trasiego voluntario de agua de tanques o sentinas efectuado por los hombres de la maquina. Mientras, envía un reten a la bodega numero dos, en donde habían estado trabajando los obreros del taller, para ver si estos habían ya marchado a tierra. Cuando el marinero Francisco Diez se asomo a la escotilla del 2 quedó petrificado. El entrepuente era como una gran piscina y por las juntas de la plancha del costado y a través de las huellas abiertas de los remaches botados entraba el agua de forma incontenible.
Puesta en pie toda la tripulación que quedaba a bordo, se sucedieron desde este momento toda clase de esfuerzos sobrehumanos para intentar dar un pallete al costado y taponar la vía de agua. El barco tumbaba más y más a medida que el agua se depositaba en aquella banda, y el viento, ululante , se recreaba en la agonía del buque, que era su presa, haciendo imposible cualquier maniobra.
A eso de las nueve de la noche, por fin se pudo dar vapor al silbo y el ALFONSO XIII comenzó a pitar, a pitar, a pitar… La llamada premiosa de la sirena vacilante, puso en sobresalto a toda la población. ¿Que es lo que pasaba en el correo? ¿Porque pitaba de aquella manera a esas horas de la noche? El vapor del silbo se desvanecía en el viento y las rachas furiosas metían su llamada angustiosa por las bocacalles del muelle hasta el ultimo rincón de la ciudad. Todo el mundo se echó a la calle. El capitán y los oficiales del barco y los inspectores de la Compañía y los consignatarios, junto con los hombres de la Comandancia de Marina y los Prácticos, contemplaban a los pocos momentos, desde el embarcadero, la mole deforme y negra del Alfonso; totalmente apagado ya, casi tumbado como una ballena sobre su costado de estribor, que se hundía irremisiblemente. Arriba, en la chimenea, todavía seguía gimiendo el lamento de la sirena pidiendo ayuda.
La bahía estaba impracticable para pequeñas embarcaciones. El Sur había levantado una marejada violenta que impedía la salida de las menores y las mayores no estaban listas de presión para desatracar.
Entre tanto, ante las miradas impotentes de todo Santander, el barco bonito de la Trasatlántica se iba a pique indefectiblemente. ya no se distinguía bien su silueta, ni los palos ni la chimenea. De repente su voz se fue apagando paulatinamente; el agua había llegado a los hornos de la caldereta que daba el vapor.
Al fin empiezan a desatracar algunos remolcadores y los vaporcitos de los Prácticos, embarcando en ellos, entre otras personas, el Segundo Comandante de Marina don Julio Gutiérrez y los Prácticos don Germán del Río y don Juan Oyarzábal. Eran entonces las diez y cuarto de la noche del día 5 de febrero de 1915. De repente, en un recalmón del viento, el «ALFONSO» se estremeció como en un calambre de agonía, y repentinamente, con gran estrépito, se tumbó para siempre sobre la borda de estribor. La chimenea y los palos azotaron el agua; los botes de la banda se destrincaron saltando en la marejada, y el viejo y valiente correo con el nombre del Rey se fue a pique increíblemente en medio de la bahía santanderina.
El viento Sur siguió soplando toda la noche. Cuando llegaron a tierra las embarcaciones con los hombres rescatados del «ALFONSO» soplaba aún más y más, empujando contra los muelles de la ciudad su rabia violenta en las rociadas de espuma.
Al día siguiente, a la bajamar, en el Banco del Bergantín, el casco del correo era como una loma parda sobre el espejo gris de las aguas de la bahía. Un gato negro y hambriento se paseaba solitario por encima.
Los buzos empezaron a sacar cosas: el dinero de la pagaduría, un manojo de cuellos de celuloide, todavía secos, del camarote del Capitán, un barómetro y el cronómetro todavía funcionando, la caja fuerte, la placa de recuerdo de la catástrofe del «MACHICHACO», la campana del castillo de proa…
El día 7 llegaba a Santander el Marqués de Comillas junto con el Barón de Satrústegui y don Manuel Eizaguirre, hospedándose a bordo del trasatlántico «CLAUDIO LOPEZ» y allí mismo se reunieron en consejo para decidir el destino del casco. El 25 de febrero se abandonó al seguro en novecientos mil francos franceses y los aseguradores, tras comprobar la absoluta imposibilidad de salvarlo, lo vendieron a chatarreros bilbaínos en setenta mil pesetas.
No se podía salvarlo. Eran los días de la guerra europea, absorbente y difícil y no había forma de poder contar con los servicios de empresas de salvamento extranjeras de alguna importancia. Los remolcadores españoles «FINISTERRE» y «ALTSU-MENDI» apenas pudieron hacer otra cosa que dar una vuelta alrededor del pecio y volverse desilusionados a Coruña y Bilbao, respectivamente.
El trasatlántico del Rey, el primer «ALFONSO XIII», histórico y heroico, se fue a morir absurdamente en las aguas someras y amigas del puerto de Santander en el aquelarre del Sur desbordado, «ese viento pagano que anda desnudo», como diría Concha Espina, por sobre los valles y la mar de la Montaña.
Supremo, como siempre, Rafael González Echegaray en el vivo retrato de la muerte de este muy bonito correo de la Compañía Trasatlántica. Para mi, como ya dije en anterior articulo, el mas bonito de todos los buques que han arbolado el pabellón de nuestro país.
Foto 1.- El ALFONSO XIII fondeado en Santander. Seguramente muy próximo a donde se predio definitivamente. POSTAL.
Foto 2.- Hundido en la bahía de Santander y con el personal técnico de la Compañía Trasatlántica investigando las causas del siniestro. Foto de la revista NUEVO MUNDO. De febrero de 1915.
Foto 3.- Momento de sumergirse el primer buzo que bajo al fondo del mar para reconocer el casco del vapor. Fotografías Suero. . Foto de la revista NUEVO MUNDO. De febrero de 1915.
Foto 4.- Estado del buque después del naufragio. Foto Arauna. . Foto de la revista NUEVO MUNDO. De febrero de 1915.
Foto 5.- Vista desde la proa en la pleamar. Foto Mendoza Cortina. Foto de la revista NUEVO MUNDO. De febrero de 1915.

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